Nth Man, the ultimate ninja: sorteando el efecto nostalgia

Terrorífica y devastadora ha sido la plaga de nostalgia que ha destrozado el buen juicio de toda mi maltrecha generación. La exaltación de algunos hitos de la cultura popular pasada, casi a cualquier precio, es difícil de entender más allá de los sentimientos y recuerdos que te puedan retrotraer a una época pretérita y feliz.

Por cercanía generacional y emocional, el culto a la década de los 80 es un buen ejemplo de esta cuestión. “Ya no se hacen películas como en los 80”, sentencian algunos. La distancia, y una subjetividad casi militante, son la principal coartada de aquellos que pretenden reivindicar aquellos años como la quintaesencia del cine, la música, los videojuegos, la televisión…

Es posible que, en mayor o menor medida, muchos de nosotros nos hayamos encontrado con la guardia baja alguna vez frente a la nostalgia, pero la perspectiva y el raciocinio deberían poner fin a ese fugaz romance con la memoria selectiva.  Ernesto Sevilla ironizaba sobre esta cuestión en un lúcido chascarrillo: El Gran Héroe Americano” es una gran serie… en el recuerdo”.

El cansino y conservador efecto nostalgia

El cansino y conservador efecto nostalgia

Hace unas semanas, repasaba mentalmente los motivos que me condujeron a perder el interés por los cómics, a principios de los 90. En pleno periodo “marvelita” como lector, la calidad media de los cómics de la editorial estadounidense se desplomó estrepitosamente. Un desastre que se decuplicó con la desbandada de algunas de sus estrellas más rutilantes – Jim Lee, Whilce Portacio, Erik Larsen, Todd McFarlane y compañía –, que, descontentos con la política de derechos de autor de Marvel, pusieron pies en polvorosa para crear Image – otro importante desastre creativo en sus inicios -.

Cuando le echo un vistazo a mis comic books de la época, pienso en el dinero mal invertido, en la candidez de mis 12 o 13 años y en el paupérrimo nivel de gran parte de las series que Marvel publicó en aquellos años. Pero mientras sigo ojeando las cubiertas desgastadas de los tebeos de mi adolescencia, me topo con una excepción que desdice cualquier injusta generalización: Nth Man, the ultimate ninja.

Antes de revisar esta serie limitada, mi primer temor gira alrededor del posible efecto nostalgia que pueda nublar mi percepción y sentido crítico. No recordaba a Nth Man como una serie colosal, pero sí como un cómic que dignificaba los tebeos de Marvel en una de las últimas grandes crisis del gigante neoyorkino.

Llegados a este punto, lo releo con prudencia.

Nth Man

Nth Man, the ultimate ninja comenzó a publicarse en EEUU en Agosto de 1989. De complicada catalogación, su principal riesgo radicaba en su temática y desarrollo casi inclasificable. En una época en la que los superhéroes dominaban el mercado – copando prácticamente la totalidad de las series que Marvel publicaba a finales de los 80 -, introducir un concepto nuevo alejado del modelo imperante, entrañaba muchos riesgos.

La historia transcurre en una hipotética 3ª Guerra Mundial entre los dos grandes bloques que protagonizaron la Guerra Fría: EEUU y URRS – disuelta esta última dos años y medio después de la publicación del primer número de la serie -. El conflicto tiene un elemento único en su origen: la presencia de Alfie O’Meagan, un poderoso psíquico estadounidense que inutiliza todas las armas nucleares del planeta, hecho que desencadena las hostilidades entre las dos grandes potencias.

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Alfie O’Meagan (Alfa y Omega, en fin, los 80) omnipresente en toda la trama, encuentra a su principal antagonista en un antiguo amigo del orfanato. Hablamos de John Doe – término empleado en EEUU para aquellos que no tienen identidad –, también conocido como Nth Man, el asesino más eficaz de la CIA.

Nth Man se desarrolla en su inicio como una historia bélica pura y dura, con algunas pinceladas sobrenaturales. Conforme la historia se va asentando y Alfie O’Meagan comienza a adquirir protagonismo, el relato destroza cualquier tipo de corsé narrativo. Los deseos de Alfie y el carácter casi ilimitado de sus poderes, no son otra cosa que la proyección de un Larry Hama – su guionista – la mar de juguetón, que se lo pasa en grande inventando un escenario imposible de conflicto, fiscalizado por un ser todopoderoso, caprichoso, cruel e infantil, que hace y deshace a sus anchas sin que le tiemble el pulso.

¿Y qué puede hacer realmente Alfie con sus poderes? Puede crear un típico suburbio estadounidense en la Antartida; es capaz de acercarse a la omnisciencia a través de su televisión y sus reportajes retransmitidos por él mismo; el tiempo y el espacio son totalmente moldeables en sus manos; las leyes de la física no van con él: puede alterar su masa, aspecto y forma a su antojo – Godzilla, Galactus o una diminuta araña, por poner algunos ejemplos -; puede crear una realidad dentro de un videojuego y seguidamente meterte en él; puede tomar prestado el Lincoln Memorial y convertirlo en su vehículo personal para visitar otras galaxias… En definitiva, el límite lo condicionaba la imaginación de Larry Hama.

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Uno de los mayores aciertos de Nth Man son los saltos temporales de la narración entre la acción que transcurre en pleno conflicto armado y todo lo acontecido en el orfanato Merivale años atrás, donde se nos revelan los orígenes de Alfie y John y la estrecha interacción entre pasado y presente a través de los poderes del primero.

El equipo creativo estaba encabezado por el veterano guionista Larry Hama, que ha desarrollado el grueso de su carrera en Marvel escribiendo G.I. Joe. También ha trabajado en títulos como X-men, Venom, The Punisher War Zone, Daredevil, y otros tantos, e incluso realizó tareas como editor en títulos como The Nam o Conan. Ron Warner le acompañaba a los lápices, con un correcto acabado, pero adoleciendo de cierto desgaste en los últimos números. Coincidió con Larry Hama en G.I. Joe y, aunque con pocos números, también ha participado en series como Ghost Ryder, Excalibur, Blaze, Daredevil, Punisher War Journal, etc.

Ron Warner deja su lugar en los lápices a Dale Keown en el número 8 de Nth Man. Keown, artista con mejores recursos que Warner, se marca un interesante número centrado en el orfanato Merivale, y en algunos acontecimientos que marcarán la salida de John y Alfie del orfanato. El tono lúgubre que el autor canadiense imprime a este capítulo, lo acerca bastante a cómics clásicos de terror como Eerie o Creepy. Una rara avis en el contexto de la serie.

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Nth Man fue concebida como una serie de 24 números, pero una tibia acogida por parte del público, forzó su cierre en el número 16. A pesar de todo, Larry Hama se las apañó para terminar la serie respetando el final originalmente  previsto.

Nth Man respira libertad por los cuatro costados – cosa bien complicada en el seno de Marvel Comics -, es francamente divertida, multirreferencial, mezcla géneros con enorme descaro y efectividad, tiene un abanico de personajes secundarios de altura, y sí, a pesar de ser hija de su tiempo, todavía soporta con bastante entereza una nueva lectura.

Ni rastro del efecto nostalgia, oiga.

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