Un remanso de paz

Hace unos días soñé con una casa en una pequeña isla, dentro del curso de un río. Desde una de las ventanas, contemplaba aquel remanso de paz con cierta inquietud. Justo en la orilla situada frente a la casa, en un frondoso bosque, pude atisbar una temblorosa figura entre la maleza.

El sueño se repitió a la noche siguiente. Me encontraba en el interior de aquella casa sobre el río, junto a la misma ventana. -¿Puedo entrar?- una voz hueca y cavernosa retumbaba desde el exterior. La figura estaba en el agua, en la lejanía, sin moverse. Miraba hacia mi ventana. Una familiar sensación de terror me paralizó. Entonces desperté.

El sueño se convirtió en recurrente. Cada noche volvía a la casa y, desde la ventana, contemplaba como aquella amenazadora presencia aparecía cada vez más cerca. -¿Puedo entrar?- formulaba con insistencia.

Anoche, como me temía, regresé a la casa de nuevo. Otra vez clavado junto a aquella maldita ventana. El ser estaba en el islote, frente a mí, fuera de la casa. -Puedo entrar- espetó la criatura, sin el más mínimo rastro de ruego. Me desperté horrorizado.

Ahora, mientras escribo, recuerdo cosas. No es la primera vez que esa criatura camina en mis sueños. Hace demasiado tiempo de eso, pero el terror ha vuelto con fuerza. Algo ventajoso en estos momentos, pues, de alguna manera, me mantiene despierto.

Si duermo, volveré a la casa y Cara-hambrienta me estará esperando.

Cara-hambrienta. Así le solía llamar.

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