Intrusos, de Adrian Tomine

La irrupción de IntrusosKilling and Dying en su versión original- ha sido una revelación internacional el pasado 2015. Los motivos son lógicos; por un lado, Adrian Tomine es un autor muy respetado y no se prodiga demasiado, lo que convierte sus contadas obras en auténticos acontecimientos. Por otro, la inmensa calidad que destilan sus tebeos es poco discutible.

Aviso a navegantes: Intrusos no es una obra de la que nos podamos desprender fácilmente. En mi caso, las relecturas y las -casi inconscientes- cavilaciones  alrededor de ella se han sucedido sin parar, lo que puede dar algunas pistas del tremendo poso que el señor Tomine puede infligirnos.

Siguiendo ese ineludible leitmotiv de “escribe de lo que sabes”, el autor de Sacramento pone los cimientos de sus historias recurriendo a algunos pasajes autobiográficos, que terminan por disiparse entre la ficción del propio relato. A la hora de definir esta antología, ni siquiera el propio Tomine es capaz de ser concluyente. Según el propio autor, no existe un plan establecido en la construcción de este cómic. De todos modos, como lectores, podemos extraer ideas y conceptos bastante concluyentes sobre Intrusos en particular y de su obra en general.

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Adrian Tomine se erige por méritos propios en un irrefutable cronista social del siglo XXI, explorando la condición humana a través de sus relaciones y reflejando las contradicciones que definen nuestra propia complejidad. Las conclusiones son tajantes: nuestras decisiones son el principal argumento para definirnos como seres imperfectos.

Con altas dosis de lucidez y sensibilidad, Tomine escudriña nuestras emociones y, eludiendo maniqueísmos, nos desnuda y nos hace reconocibles; algo que está al alcance de muy pocos autores. Adrian Tomine no es Todd Solondz, es decir, no pretende mostrar los puntos más oscuros del ser humano, más bien intenta -y consigue, en mi opinión- mostrarlo en todo su espectro, con una amplísima y veraz paleta de colores; y utilizando -cuando procede-  una sátira algo más amable, todo sea dicho.

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En Intrusos, los personajes, inadaptados, se mueven casi descontextualizados -muchos de ellos incluso en el seno familiar- y verán sus vidas condicionadas por errores propios y por el inevitable acontecer de un entorno que puede llegar a ser demasiado hostil. La soledad, la falta de autoestima, la sobreprotección paternal, el desamor, el engaño -y el autoengaño, como no- son algunos de los puntos básicos que el autor recorre a lo largo de estas 6 historias, que, rompiendo con un tópico recurrente, componen una antología tremendamente regular en lo que a (alta) calidad se refiere.

El apartado gráfico es exquisito. No podía ser de otra forma. Hablamos de un ilustrador consumado y prácticamente una institución en la mítica The New Yorker. Especialmente llamativa es la capacidad del autor de dotar de singularidad gráfica a cada historia de este cómic; ya sea por el uso del color, el número de viñetas, el enfoque o el propio trazo. En este sentido, llama poderosamente la atención la originalidad y el buen hacer que desempeña en ‘Traducido al japonés’, la cuarta historia.

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Adrian Tomine es uno de los grandes humanistas del cómic contemporáneo, y este Intrusos lo confirma a todos los niveles. No hay que ser muy avispado para concluir que estamos ante una de las sensaciones de 2016 en España. Otro acierto de los chicos de Sapristi.

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