El playboy, de Chester Brown

La enorme influencia que Chester Brown viene ejerciendo en el cómic contemporáneo desde finales del siglo pasado, puede explicarse, en gran medida, a través de sus impagables cómics autobiográficos.

El Playboy (Drawn & Quarterly, 1992) -obra que nos ocupa- y Nunca me has gustado (Drawn & Quarterly, 1994) son un ejercicio de memoria e introspección que llaman poderosamente la atención por su crudeza. El montrealés mira a sus raíces y experiencias de juventud sin dar concesiones a los sentimentalismos o idealizaciones inconscientes. Su mirada se encuentra en las antípodas de la nostalgia.

En Nunca me has gustado, Chester Brown se mostraba como un joven retraído con serios problemas para relacionarse con el sexo opuesto -algo que conecta muy bien con el punto de partida de Pagando por ello (La Cúpula, 2011)-, mientras que dejaba entrever las consecuencias de una educación cristiana -doctrina que profesa casi el 80% de la población de Canadá- en un adolescente. En El Playboy, el peso de la religión en la educación cobra relevancia si reflexionamos alrededor del  tema principal que aborda: la culpa.

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La historia comienza el 23 de Mayo de 1975, día en el que un Chester Brown adolescente urde un plan para hacerse con un número de la revista Playboy. Una obsesión tan natural como irrefrenable, que le lleva a desplazarse a una tienda al otro lado de la ciudad, lejos de miradas curiosas y, sobre todo, conocidas. Desde ese mismo momento, la obsesión y el deseo desembocarán en un rechazo irrefrenable, siempre con la masturbación como detonante.

El factor identificación salta como un resorte. La conexión con las sensaciones y sentimientos del autor es inevitable si has crecido en un país de una asfixiante tradición católica como el nuestro. Esa visión perversa sobre el acto onanista, la desnaturalización del sexo y la anteposición de la represión a la educación, han terminado por cargar en nuestro subconsciente colectivo un lastre de culpa absolutamente irracional. El Playboy lo refleja a la perfección.

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Sorprende la franqueza con la que Chester Brown nos muestra una faceta tan íntima y difícil de compartir. Se puede intuir que El Playboy sirvió en su día para exorcizar algunos demonios del autor canadiense. Cargas que le acompañaron demasiado tiempo. En respuesta a algunos críticos poco avispados que querían dilucidar una velada crítica a la revista fundada por Hugh Hefner, Brown dejó las cosas claras: “…realmente no pretendía que este libro fuera una crítica contra el imperio PLAYBOY. Estaba más preocupado por el hecho de que nuestra sociedad nos hizo, o me hizo avergonzarme por interesarme en mirar fotografías de mujeres desnudas y no creo que sea malo o necesariamente dañino para un adolescente. Es totalmente comprensible”.

El Playboy apareció por primera vez en las páginas de la serie Yummy Fur (Vortex Comics, 1990) y fue inspirada, en parte, por la fijación de Joe Matt por la pornografía, plasmada en algunas de sus historietas de finales de los 80. El título del mismo se le ocurrió a Sethaka de Gregory Gallant-. Chester Brown, Joe Matt y Seth, la santísima trinidad del cómic underground canadiense, además de amigos, tienen el honor de haber realizado algunas de las mejores aportaciones al cómic autobiográfico de las últimas décadas. Talento retroalimentado, amigos.

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De izquierda a derecha, Joe Matt, Seth y Chester Brown

La presente edición de La Cúpula es realmente completa. Posee multitud de notas explicativas y mejoras -razonadas debidamente por el autor-. Toda esta información ayuda a entender mejor el contexto de este fabuloso cómic, clave en la carrera de este irrepetible autor.

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