Palos de ciego, de El Irra

“Se sabe más del camino por haber viajado en él que por todas las conjeturas y descripciones del mundo.” William Hazlitt.

Creo recordar que era en Barrio, de Fernando León de Aranoa, donde uno de los protagonistas soñaba con crecer 15 o 20 años en lo que se tardaba en chasquear los dedos. Alcanzar la vida adulta, sorteando el hastío que un adolescente del extrarradio de Madrid tenía ante sí como principal decorado vital, podía parecer una buena idea.

Si el adulto que esperaba a ese adolescente de ficción viviera en 2016, estaría aterrado con la idea que anhelaba en su adolescencia. Ahora, detrás de ese chasqueo, podría estar directamente el abismo.

A pesar de la más que notable producción de cómics españoles de los últimos años, resulta complicado vislumbrar el motivo por el que la mal llamada crisis no tiene un eco que le haga justicia dentro del panorama nacional.

Sé que no es cosa sólo mía. La crisis, en manos de demasiados autores, se está convirtiendo en una mera ornamentación, casi como un paisaje de fondo. Un elemento abstracto que no se afronta, simplemente se describe con tibieza, quizá con una preocupante falta de veracidad.  Existen tan pocos referentes que hasta la crítica de cómic, tradicionalmente “buenista”, intenta dignificar el medio inflando las virtudes de obras generalmente inofensivas, ensalzando subtextos críticos que son sencillamente inexistentes.

Caes aún más en la cuenta de este inocuo discurso formal imperante cuando te enfrentas a un cómic como Palos de ciego.

No quiero confundiros. Palos de ciego no va exactamente sobre la crisis, al menos no exclusivamente. Se desarrolla en un lugar en crisis antes de la crisis; un sitio en el que el estado de bienestar siempre ha figurado como una leyenda urbana; un barrio que puede ser a la vez hogar y condena.

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El autor

Para entender la verdadera dimensión de Palos de ciego, me van a permitir hablar de su autor, una rara avis en este pequeño y endogámico mundillo.

El Irra, aka de Israel Gómez, como algunos -pocos- sevillanos que pasamos la niñez y la adolescencia entre los 80 y los 90 y no aceptábamos los peajes de la gris realidad hispalense, terminó encontrando en la ficción el único refugio posible. Un asidero salvador, casi un clavo ardiendo, con forma de cine y cómic. Sevilla marca a fuego, amigos.

el-irra-superlopezEl Irra ha tenido un recorrido complejo hasta llegar al punto que nos encontramos. Un esclarecedor extracto de una entrevista que le hice hace unos meses lo dilucidaba con claridad:

“Esto es una carrera de fondo. Soy autodidacta y me llevo formando desde que hice la primera historieta con 9 años. Siempre he sido muy mal estudiante. Recuerdo que 8º de EGB entregaba los exámenes repletos de dibujos. Los profesores le decían a mi madre que era un bala perdida. A mitad de los noventa, tras ser expulsado de una FP de enfermería, imagínate sin andaba perdido, acabé como todos los ‘sin rumbo’ en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios. Aquello era como la serie B de Bellas Artes. Lo único bueno que saqué de los 5 años que pase en aquel limbo fue conocer a Valeriano López, excelente artista y transgresor profesor que me animó a seguir por la senda del cómic. Comencé a presentarme a concursos a nivel autonómico. Para mi sorpresa, durante dos años consecutivos fui premiado con dinero y todo, en el 2001 y en el 2002. Pero acabé quemadísimo. Sin perspectivas. Desesperado, tras pasar por varios trabajos basura, en 2004 decido irme a la Costa del Sol, a casa de mi tío, con el objetivo de aprender el oficio de cerrajero. Al año siguiente, regreso a Sevilla y en los 6 años posteriores llego a montar hasta 4 tiendas. Pero más pronto que tarde, me di cuenta que todo lo que ganaba tan solo servía para poco más que pagar impuestos. Gracias a una indemnización por un accidente con la moto, tuve la ocasión de cambiar de piel y por fin pude apostar por lo que siempre me había quemado, la narrativa gráfica. Lo que quiero decir con todo esto es que todo este bagaje vital me ha beneficiado en mi trabajo y siempre pienso que si por azar hubiera tenido la ocasión de comenzar a publicar antes, mi trabajo no sería el que es ahora. Para bien o para mal. Me abrí  y me sigo abriendo camino a base de golpes.”

Una historia de sacrificio, tenacidad, talento y pasión, que explica en buena medida la tremenda fuerza que tiene este Palos de ciego.

Hay otro aspecto del autor sanjuanero a tener muy en cuenta: la heterogeneidad de sus influencias. Miller, Mazzucchelli, Goya, Kurtzman, Bernet, Lole y Manuel, Ressendi, Zurbarán, Valdés Leal, Buñuel, JAN, Verhoeven, Carpenter, Sequeiros, Álex de la Iglesia, Lumet, Scorsese, Shirow, Otomo… La lista es inabarcable y comienza a dar pistas sobre la obsesiva capacidad del autor de interiorizar y deconstruir todas estas referencias hasta hacerlas casi irreconocibles.

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Un ilustrativo mosaico de influencias de ‘A’, un fantástico cómic policíaco autoeditado -e inconcluso- perpetrado a cuatro manos junto a su hermano Dabí

Es sorprendente el (hiper)consciente uso de influencias que utiliza para enarbolar su narrativa, eludiendo con habilidad cualquier atisbo de pastiche e insuflándole un aire veraz y genuino; una firma autoral intransferible que no renuncia ni a sus maestros y, ni mucho menos, al entorno que tan bien conoce.

Una propuesta universal

Las dificultades no son más que un síntoma cotidiano de la existencia en La Esquina del Gato, uno de los barrios más complicados de San Juan de Aznalfarache. Un lugar donde los golpes de realidad son una constante que El Irra conoce dolorosamente bien y, haciendo buenas las palabras de Hemingwayescribe sobre lo que conoces-, nos traslada toda esa enorme experiencia a través de su extraordinario -casi insólito- debut en el cómic largo.

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Jesús, después de un tiempo y un buen puñado de malas decisiones, vuelve a su barrio en San Juan de Aznalfarache buscando reencontrarse con Irene -una antigua novia de juventud que no ha podido olvidar-, mientras piensa en sortear las zancadillas que la marginalidad y las rencillas añejas  le depararán en su regreso.

Palos de ciego es un drama revestido de thriller, con pinceladas de costumbrismo sureño, cargado de elementos autobiográficos y con un ingrediente fundamental que sirve de motor narrativo: la violencia; siempre presente, incluso cuando no la vemos, como una constante implícita y latente que se deja notar a lo largo de toda la narración. La tensión y la fatalidad se desarrollan en un crescendo que te atrapa sin remisión, poniendo en relieve el insultante buen hacer del autor a la hora de medir los tiempos. El Irra narra como un curtido veterano.

Estamos ante una historia universal de perdedores. La decadencia urbana de San Juan de Aznalfarache –la versión pobre de Los Ángeles de Blade Runner, bromeaba el autor- es el escenario; un envoltorio costumbrista plagado de códigos que El Irra domina con pasmosa naturalidad. El trasfondo, sin embargo, destroza todas las etiquetas desde la base y trasciende a su propia localización. La historia de Jesús se podría haber enmarcado en cualquier otro lugar del mundo con las características de la tristemente célebre Esquina del Gato.

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El autor apenas puede ocultar su pasión por retratar a personajes obsesivos -como Jesús– que se ven atrapados en espirales de violencia con el abismo como horizonte. Quizá, en ese punto, puede detectarse una visión tremendamente amarga de sus congéneres. El cainismo y los odios vecinales en España son tradiciones con demasiado arraigo.

Palos de ciego es una obra de raza; su autor se ha vaciado y se nota. Recuerda al Meirelles de Ciudad de Dios, a un JAN evolucionado, a Jeremy Saulnier y sus cátedras sobre la violencia, a la línea chunga -también llamada línea dura, término mucho más ilustrativo en este caso-, a Eloy de la Iglesia, a Frank Miller -que toma cuerpo y alma en el personaje más inquietante del cómic-, al humanismo de Carpenter y a un larguísimo etcétera de referentes que tendremos que seguir escudriñando entre sus viñetas. Un reto que los buenos lectores aceptarán de buen grado.

Palos de ciego es fresco, potente, emocional, sucio y más duro que un clavo en un ataúd. Un cómic que rezuma verdad. Con tiempo y perspectiva podremos ver la verdadera dimensión de esta obra, pero debo señalar que huele a clásico. De momento, es la lectura que más he disfrutado en este gran año de cómics.

Por cierto, El Irra, que no entiende de zonas de confort, se ha puesto manos a la obra con su siguiente proyecto: un cómic de terror que se convierte, visto lo visto, en una de las obras nacionales más esperadas para el año que viene.

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