Oscuridades Programadas, de Sarah Glidden

Hace no demasiado tiempo, una de las responsables del Huffington Post en España comentaba en la radio, a cuento de Los surcos del azar de Paco Roca, que era una lectura estupenda para que los jóvenes conocieran de primera mano la historia de la 9ª Compañía de la 2ª División Blindada de la Francia libre, recordemos, con un papel fundamental en la liberación de París durante la Segunda Guerra Mundial.

El matiz de las palabras de la periodista no son baladí: los jóvenes. Que un periodista relevante esté anclado en la anquilosada visión que dictamina que un medio como el cómic tiene un cariz infantil/juvenil, deja bastantes pistas de los tremendos prejuicios que sufre el 9º arte en nuestro país.

Hablando de medios de comunicación y cómic, Juan Díaz Canales se pronunciaba en una entrevista reciente en Jot Down: “…otro caso claro de prejuicio: cada vez que se refieren al Premio Eisner se dice que es «el Óscar del cómic». Es una forma de decir: «Esto llegará a ser un día tan bueno como el cine». A ver, yo no es que me escandalice con estas cosas, ni mucho menos, pero son claros ejemplos de que el cómic sigue estando minusvalorado en comparación con otras artes.”

A pesar de la creciente presencia del cómic en los medios de comunicación en España -bastante tosca en cuanto a los medios masivos, aunque con una relativa dignificación gracias a contados periodistas jóvenes y especializados que están irrumpiendo en medios digitales-, los dinosaurios del 4º poder jamás serán capaces de llegar a imaginar las increíbles posibilidades de la narrativa en viñetas como medio en sí, y ni mucho menos como una herramienta solvente en su propio ámbito: el periodístico.

El cómic ha demostrado que es un medio absolutamente válido para acercarnos con honestidad a realidades que nos son lejanas o directamente desconocidas. Art Spiegelman recibió un merecido Pulitzer gracias a Maus, la historia de un judío -su propio padre- que sobrevivió a los campos de exterminio nazi. A pesar de su barnizado ficticio -los personajes son animales antropomórficos-, el valor de este cómic y su posterior reconocimiento, provocó que la óptica externa hacia el noveno arte cambiara.

maus

Maus, de Art Spiegelman

Algunas autobiografías, en clave de slice of life, han logrado erigirse como documentos gráficos de innegable valor histórico y periodístico, fundamentalmente por el enclave en el que se desarrollan, generalmente convulso y cambiante desde un punto de vista geopolítico.

Marjane Satrapi  y su retrato de la vida en Irán tras la irrupción de la República Islámica y el exilio del último sha de Persia, por un lado, y Riad Sattouf con las crónicas de su infancia a caballo entre Libia, Siria y Francia -hablamos de El árabe del futuro-, por otro, son dos ejemplos básicos para entender que el cómic sólo tiene límites a ojos de los más ignorantes.

El árabe del futuro

El árabe del futuro, de Riad Sattouf

No podemos olvidar el tremendo trabajo de Guy Deslisle y su políptico viajero –Shenzhen, Pyongyang, Crónicas Birmanas, Crónicas de Jerusalén-, que con el sentido del humor amable como herramienta y con una inconsciente vocación de documental gráfico, encierra una mirada desprejuiciada y limpia hacia China, Birmania, Corea del Norte e Israel, que no admite ni injerencias externas, ni ideas preconcebidas que no puedan ser desmanteladas.

La investigación, el trabajo de campo y la construcción de un relato cuyo soporte es la realidad -perfil al que se ajusta Oscuridades Programadas– obedece a un tipo de cómic que Joe Sacco lleva capitalizando desde hace años. Periodista de formación y dibujante de cómics por vocación, durante la primera parte de los 90 publicó Palestina: en la franja de Gaza, el resultado de tres meses de conversaciones y entrevistas del autor en territorio palestino. Después de Palestina, llegaron Gorazde: zona protegida, El Mediador o Notas al pie de Gaza, obras que refutan a todos aquellos que frivolizan alrededor de las posibilidades del cómic en el ámbito periodístico.

Palestina

Palestina, de Joe Sacco

El Fotógrafo de Didier Lefevbre y Emanuel Guibert, El negocio de los negocios de Denis Robert, Laurent Astier y Yan Lindingre o Fax from Sarajevo de Joe Kubert son algunos ejemplos relevantes a los que hay que sumar Oscuridades Programadas, obra que sienta cátedra a la hora de explotar las múltiples fortalezas del cómic como crónica periodística.

Periodismo en viñetas

El periodismo de trinchera está en un momento crítico. La precariedad y el peligro crecen exponencialmente de la mano y es una tendencia difícil de frenar en estos momentos. Clare M. Gillis, reportera de guerra, contestaba así a unas preguntas en la revista Jot Down: “Hubo un tiempo, al inicio de las Primaveras Árabes, en que siempre había un montón de freelance viviendo en El Cairo. Cuando la revuelta se extendió a Libia, todos cruzamos la frontera para contarlo. Además, a diferencia de Egipto, en Libia nunca hubo un servicio estable de periodistas internacionales: era territorio virgen. Y luego, de allí, todos a Siria. Entonces las cosas empezaron a volverse peligrosas de verdad. La captura de James Foley y John Cantlie fue la primera señal. No fue una señal de que las cosas se ponían feas, porque feas ya estaban, sino que marcó el momento en que los periodistas empezaron a preguntarse si valía la pena. […]Me da la impresión de que quien continúa trabajando allí ya no es freelance, porque sin estabilidad ya no se puede. No puedes ir a Irak sin una empresa que pague tus gastos”.

En 2010, Sarah Glidden decide acompañar a dos amigos reporteros –Sarah y Alex– del Seattle Globalist, un medio independiente con lazos estrechos con la Universidad de Washington, buscando historias de refugiados entre Turquía, Iraq y Siria. El grupo viaja con un antiguo amigo de infancia de Sarah Stuteville: Dan, un ex marine que participó en la Guerra de Iraq.

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El periodo del que data el viaje descrito en Oscuridades Programadas se encuentra incrustado en un momento de relativa calma en la región; entre los últimos coletazos de la ocupación estadounidense en Iraq y las protestas de las Primaveras Árabes que sacudieron  Magreb y Máshreq desde diciembre de 2010, donde se iniciaron una serie de terribles conflictos que todavía siguen coleando y hacen casi imposible la reproducción de experiencias como las descritas en este cómic.

Sarah Glidden traza varias líneas argumentales que se desarrollan en paralelo a lo largo de su periplo por Turquía, Iraq y Siria, una cuestión que parece más coyuntural que planificada, es decir, las propias circunstancias del viaje determinan la historia que Glidden nos hace llegar, que se construye a través de una experiencia real sobre el terreno. En mi opinión, puro periodismo.

Icult comic Sarah Glidden  Oscuridades programadas

La primera línea gira alrededor del tema fundamental del viaje, los refugiados. Iraníes en Turquía y, principalmente, iraquíes en Siria, en la recta final del viaje. Entre viajes, entrevistas y largas conversaciones entre los 4 integrantes del grupo, es especialmente reveladora la experiencia en el Kurdistán Iraquí, que puede llegar a hacer trizas cualquier idea estereotipada sobre la Republica de Iraq.

Una segunda línea se centra en la relación entre Sarah Stuteville y Dan, recordemos, amigos de juventud. Sarah, muy crítica con la política exterior de EEUU y Dan, (auto) convencido de que la labor del ejército estadounidense en tierra iraquí fue más positiva que negativa, protagonizan un conflicto ideológico que, en muchos momentos, se convierte en el motor de Oscuridades Programadas. Un choque que se hace más patente en las entrevistas, a veces algo tensas, quedando expuesta la naturaleza de su propia relación personal.

Por último, una tercera línea en estrecha relación con la segunda. Sarah Stuteville se cuestiona la utilidad y capacidad del periodismo para hacer reflexionar y cambiar posturas a través de la información, personificando esa reflexión en la figura de Dan: si es incapaz de cambiar su opinión después de ver las consecuencias de la guerra sobre el terreno, una realidad de primera mano y sin intermediarios, el periodismo puede llegar a ser un ejercicio estéril sobre la práctica.

Sarah Glidden demuestra que todavía existen cabos firmes a los que agarrarse en la mercantilizada y denostada profesión periodística. El cómic puede ser otra vía para generar debate y opiniones, para humanizar, para conocer, para reflexionar y ensanchar nuestra visión del mundo. El carácter minoritario del noveno arte también lo convierte en algo puro y más libre, aunque no totalmente alejado de las garras del auténtico primer poder, el poder económico.

Oscuridades Programadas es un homenaje al periodismo libre y comprometido, una muestra más de las increíbles posibilidades la narrativa en viñetas y, por encima de todo, un cómic extraordinario destinado a dejar huella a todo el que se acerque con un mínimo de curiosidad.

 

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