Vecinos

Primero fue la aparición de un gran socavón en el centro de la ciudad. Luego vinieron los rumores, posteriormente las desapariciones y finalmente el silencio. La verdad nos cogió con la guardia baja.

Hoy, por la mañana, he podido ver como una de esas cosas conseguía entrar en el edificio de enfrente. Poco importa lo que nos resistamos, entrarán si se empeñan. Al salir por una de las ventanas, cargaba a cuestas con el cadáver de una mujer. En una de sus extremidades sujetaba lo que parecía una cabeza. Me he puesto a llorar como un niño y he dejado de mirar.

Después de muchos días encerrado, he comenzado a sucumbir a la desesperación y, con ella, han llegado algunos pensamientos difíciles de explicar, casi todos con mi vecino como claro destinatario. No puedo quitarme a Miguel de la cabeza, ni puedo olvidar estos últimos años repletos de mezquindades.

Hace 20 minutos que se escuchan golpes en la puerta de la azotea. Están intentando entrar. Mientras espero, me asaltan dos ideas desoladoras. La primera se centra en lo inevitable: voy a morir. La segunda también me asusta, pero le da sentido a los últimos coletazos de mi existencia: tengo que alcanzar a Miguel antes de que lo hagan esas cosas.

Vecinos 01

Un remanso de paz

Hace unos días soñé con una casa en una pequeña isla, dentro del curso de un río. Desde una de las ventanas, contemplaba aquel remanso de paz con cierta inquietud. Justo en la orilla situada frente a la casa, en un frondoso bosque, pude atisbar una temblorosa figura entre la maleza.

El sueño se repitió a la noche siguiente. Me encontraba en el interior de aquella casa sobre el río, junto a la misma ventana. -¿Puedo entrar?- una voz hueca y cavernosa retumbaba desde el exterior. La figura estaba en el agua, en la lejanía, sin moverse. Miraba hacia mi ventana. Una familiar sensación de terror me paralizó. Entonces desperté.

El sueño se convirtió en recurrente. Cada noche volvía a la casa y, desde la ventana, contemplaba como aquella amenazadora presencia aparecía cada vez más cerca. -¿Puedo entrar?- formulaba con insistencia.

Anoche, como me temía, regresé a la casa de nuevo. Otra vez clavado junto a aquella maldita ventana. El ser estaba en el islote, frente a mí, fuera de la casa. -Puedo entrar- espetó la criatura, sin el más mínimo rastro de ruego. Me desperté horrorizado.

Ahora, mientras escribo, recuerdo cosas. No es la primera vez que esa criatura camina en mis sueños. Hace demasiado tiempo de eso, pero el terror ha vuelto con fuerza. Algo ventajoso en estos momentos, pues, de alguna manera, me mantiene despierto.

Si duermo, volveré a la casa y Cara-hambrienta me estará esperando.

Cara-hambrienta. Así le solía llamar.

Pinar Salado

Pedro vivía obsesionado desde que conoció algunos pormenores de la desaparición de su bisabuelo, Genaro Fernández Vera.

Dos tercios de los habitantes de Pinar Salado murieron la noche del 20 de Agosto de 1936. De los 39 habitantes restantes, incluyendo a Genaro, nunca más se supo. Entre historiadores e hispanistas concluyeron que estos hechos eran una consecuencia más de la batalla de Badajoz. Para muchos, Pinar Salado fue una víctima más de la Guerra Civil… Pedro, sin embargo, estaba convencido de que todos se equivocaban. -Mi bisabuelo fue el responsable – decía una y otra vez mientras sostenía la única fotografía que Genaro permitió que le tomaran en vida.

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