Pyongyang*

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¡El Rey ha muerto!, ¡viva el rey!

17 de Diciembre de 2011: Kim Jong-il - comandante del Ejército Popular de Corea – fallece. Kim Jong-un- su hijo – se convierte en el nuevo Líder Supremo (denominación que le otorga la constitución del país asiático). La vida sigue igual.

Desde ese día, el bombardeo de noticias ha sido incesante. Noticias sobre el férreo régimen norcoreano, sobre la política exterior e interior del país, sobre el líder y sus excentricidades… En cuestión de horas, el hermetismo de la república socialista parecía haberse venido abajo. Los medios internacionales no paraban de facilitar datos concretos y reveladores, convirtiendo al país en un auténtico coladero informativo.

¿Realmente la historia fue así?

En Corea del Norte no existen agencias internacionales de información, el acceso a Internet es muy limitado y los periodistas extranjeros sólo pueden entrar con permisos especiales. En otras palabras, el control sobre la información y las personas es extremado: no existe país más cerrado de cara al exterior. Entonces ¿de dónde procede toda esa información que nos llega?

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Vivimos en la sociedad de los mass media, del consumo rápido y de la inmediatez. La información se ha convertido en una mercancía más, y la consecuencia inevitable de esto, es la desvirtuación del valor de la misma. Si trasladamos esta reflexión al ámbito norcoreano, se produce un choque frontal entre dos realidades contrapuestas: 1) La necesidad de obtener información desde el punto de vista de la prensa internacional; 2) la opacidad del régimen de Corea del Norte y la necesidad de blindarse contra injerencias externas.

La duda razonable está planteada: ¿son fiables toda las noticias que nos llegan de Corea? ¿se mezcla deliberadamente información y opinión? ¿contrastan los medios la información que emiten?

De entre toneladas de noticias, reportajes y documentales – algunos sobrepasando el amarillismo más recalcitrante - Pyongyang de Guy Delisle (Astiberri, 2005), se erige como el material más honesto, veraz y divulgativo sobre el orwelliano país asiático, confirmando a todas luces al 9º arte como un vehículo eficaz y solvente para la crónica periodística moderna (el referente principal en este sentido, sigue siendo Joe Sacco, autor de Palestina y Notas al pie de Gaza entre otros). A los resultados me remito.

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Guy Delisle siempre se ha movido a caballo entre la animación y el cómic, reportándole éste último bastante popularidad en la pasada década – en España y gracias a la editorial Astiberri, podemos disfrutar de sus trabajos más destacados -.

Pyongyang comienza a gestarse cuando un estudio de animación de Corea del Norte requiere los servicios del autor canadiense. Necesitaban un supervisor para una serie de animación francesa – muchos estudios europeos pretenden abaratar costes deslocalizando la producción en algunos países asiáticos -. El autor ya había tenido una experiencia similar en China sólo unos años antes, y de ella nació Shenzhen (Astiberri, 2006), que le dio a conocer al gran público (curiosamente, en España se publicó después de Pyongyang).

Guy Delisle intuía que el material con el que se iba a encontrar en su visita a Pyongyang iba a ser muy jugoso: cientos de notas y dibujos realizados durante las solitarias noches de hotel, harían de perfecto memorándum para poder reconstruir su viaje con todo lujo de detalles.

A través de un dibujo minimalista, una narrativa sencilla y utilizando el humor como principal baza, Guy Delisle diseña un ágil esbozo de la realidad cotidiana de Corea del Norte. El principal recurso en el que se sustentan las anécdotas de Pyongyang, son las conversaciones con sus “inseparables” guías norcoreanos – asignados por el gobierno – que le acompañaron durante toda la estancia. Es precisamente en estos momentos cuando se enriquece el relato, y todo gracias al oficio del autor, que usa el choque cultural como recurso para dotar a la historia de un notable ritmo narrativo.

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Con Pyongyang el autor no pretende hacer una crítica política, ni tampoco quiere acercarse al realismo social de otros colegas de profesión. Guy Delisle nos propone visitar un extraño país a través de su mirada, de su propia experiencia, con curiosidad e incredulidad. Los contrastes, los absurdos y las situaciones inverosímiles son inevitables: no se puede entrar en el país con una simple revista pornográfica, la presidencia del país la ostenta Kim Il-Sung - un difunto-, un extranjero no puede hacer nada sin la compañía de los guías, hay “voluntarios” - denominados así por los propios norcoreanos – que barren las polvorientas y desiertas carreteras de acceso a la capital… Y está el líder, el omnipresente líder; en pins, en retratos, en murales, en estatuas, en museos… Como para no amarlo.

Pyongyang, en definitiva, es una de las novelas gráficas más destacadas y originales de la pasada década. Es un hecho que admite poca discusión. En 2006 fue nominada a los premios Eisner en las categorías de “Mejor autor completo” y “Mejor obra basada en la realidad”.

*Artículo publicado en el blog “Lee Juega Aprende” el miércoles, 11 de enero de 2012.

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