Un policía en la luna, de Tom Gauld

“A medida que envejezco siento que el único tema de la literatura -y probablemente de todo lo demás- es el paso del Tiempo”. Fernando Marías, en el epílogo de ‘La Casa’, de Paco Roca.

Vamos a comenzar con un ejercicio de introspección pretérita. ¿Recordáis cómo os imaginabais el futuro allá por la adolescencia? ¿Qué expectativas teníais? ¿Se parece en algo vuestro presente al futuro proyectado años atrás?

Tom Gauld aparca el formato que tanto domina, el de la tira cómica, para volver a sumergirse en una historia larga tras su aclamada Goliat, una de esas inesperadas sorpresas que nos deparó el mundillo en 2012. Y tal como ocurriera entonces, Un policía en la luna vuelve a poner en relieve la increíble capacidad del autor escocés para, a través del minimalismo y la sobriedad, alcanzar cotas de emotividad y reflexión al alcance de muy pocos.

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Doom, de Álex de la Iglesia

Intuyo que las esquivas realidades alternativas que nos sobrevuelan deben estar plagadas de proyectos cinematográficos que nunca vieron la luz en nuestra cruda existencia. La rumorología y la mitomanía han terminado por convertir a esos proyectos marchitos en una auténtica obsesión colectiva, que no ha hecho más que aumentar con el paso de los años.

Dentro del misticismo que acompaña a estos proyectos, muchos pertenecientes al género fantástico, destaca el Dune de Alejandro Jodorowsky, que consiguió juntar a un equipo imposible en lo que parecía que iba a ser una superproducción de arte y ensayo. Salvador Dalí, H.R. Giger, Orson Welles, Pink Floyd, Mick Jagger, David Carradine y Jean Giroud fueron algunos de los pesos pesados que la febril locura de Jodorowsky arrastró. Eso sí, aún sin llevarse a cabo, ejerció una poderosa influencia en la ciencia-ficción cinematográfica y comiquera de los años posteriores.

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Descubriendo ilustradores: Simon Stålenhag

En el apartado de información del perfil de Facebook de Simon Stålenhag reza una escueta y certera definición de su trabajo: “Swedish sci-fi artist Simon Stålenhag paints ordinary people in strange surroundings”. Una buena piedra de toque por la que empezar.

Stålenhag es un músico ocasional, desarrollador de videojuegos -estudió en la academia Future Games de Estocolmo–  y, sobre todo, un ilustrador con un nivel de producción que roza la compulsión. Digo bien ilustrador: su herramienta principal de trabajo es una tableta Wacom con la que emula el efecto del óleo o de la pintura acrílica.

El grueso de su obra gira en torno a tres elementos fundamentales: los paisajes naturales suecos, la década de los 80 y la tecnología futurista –predominando los mechas-. Juntos, revueltos y combinados, componen un universo retrofuturista en continua expansión que brilla por su altísima calidad.

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Los mejores cómics de 2016

Apurando hasta la última lectura, casi me planto en Febrero para completar esta -cada vez más numerosa- lista con los mejores cómics que un servidor ha catado durante 2016.

Dos conclusiones al echarle un rápido repaso: se trata de una lista tremendamente heterogénea, cosa que, en muchos sentidos, le puede otorgar cierta utilidad, es decir, toda la utilidad que puede llegar a tener una lista de esta calado.

En segundo lugar, desde que hago estas listas, no recuerdo otro momento en el que tuviera tan claro el mejor cómic del año. Es probable que todo obedezca a que he tenido la suerte de toparme con el mejor cómic que he leído desde que escribo en este blog.

Empezamos.

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Welcome to Sinope (III)

Todavía ando liado con las últimas lecturas para configurar la ya tradicional lista con los mejores cómics del año. Mientras tanto, sacudo el cajón de sastre de entrevistas, noticias y curiosidades del mundillo que he ido acumulando en mi lista de favoritos desde el último Welcome to Sinope, y como no podía ser de otra forma, lo comparto con vosotros.

Allá vamos.

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Palos de ciego, de El Irra

“Se sabe más del camino por haber viajado en él que por todas las conjeturas y descripciones del mundo.” William Hazlitt.

Creo recordar que era en Barrio, de Fernando León de Aranoa, donde uno de los protagonistas soñaba con crecer 15 o 20 años en lo que se tardaba en chasquear los dedos. Alcanzar la vida adulta, sorteando el hastío que un adolescente del extrarradio de Madrid tenía ante sí como principal decorado vital, podía parecer una buena idea.

Si el adulto que esperaba a ese adolescente de ficción viviera en 2016, estaría aterrado con la idea que anhelaba en su adolescencia. Ahora, detrás de ese chasqueo, podría estar directamente el abismo.

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